¿Resolverá la privatización de la electricidad la crisis de Irak?
Cada verano se renueva el debate iraquí sobre la electricidad, y con él regresa la tesis de la privatización como solución mágica. Este artículo descompone el problema desde una perspectiva técnica y política, y ofrece un diagnóstico diferente de la crisis.
Cada verano iraquí se repite la misma ecuación: horas de suministro irregular, malestar popular y promesas gubernamentales de reformas próximas. Ante el fracaso reiterado, resurge una tesis vieja y nueva: la privatización del sector eléctrico como solución radical. Esta tesis merece un debate serio, ni rechazo ideológico ni aceptación superficial.
La pregunta correcta no es: ¿privatizamos o no? Sino: ¿cuál es el problema real del sistema eléctrico iraquí, y qué tipo de reestructuración puede abordarlo?
Diagnóstico de la crisis: no es un problema de propiedad
Cuando analizamos la crisis eléctrica iraquí, comprobamos que no tiene que ver con la cuestión de la propiedad pública o privada, sino con tres problemas estructurales interconectados:
- Brecha entre capacidad instalada y capacidad efectivamente producida: el factor de utilización de las centrales no supera la mitad de la capacidad instalada debido a fallos de mantenimiento e irregularidades en el suministro de combustible.
- Pérdidas cuantiosas en transmisión y distribución: el porcentaje de pérdidas técnicas y no técnicas supera un tercio, y se concentra en redes antiguas e irregulares.
- Tarifa insostenible: la tarifa no cubre el coste de producción, lo que hace que el sector sufra un sangrado financiero y dependa de subvenciones continuas.
Cualquier privatización que no aborde estos tres problemas fracasará, independientemente de la calidad del inversor o del volumen de capital. Esto es exactamente lo que han experimentado muchos países que intentaron la privatización sin reforma estructural previa.
Experiencias internacionales: ¿qué funciona y qué fracasa?
Los modelos exitosos en la reforma del sector eléctrico (Chile, Brasil, Turquía) no se limitaron a transferir la propiedad al sector privado. Siguieron un camino compuesto que comienza con la separación de las funciones de generación, transmisión y distribución, luego el establecimiento de un sólido organismo regulador independiente, luego la apertura de segmentos específicos a la inversión mediante contratos transparentes, manteniendo la red como monopolio natural bajo supervisión estatal.
Los modelos fallidos (algunos países de América Latina y África) privatizaron precipitadamente sin establecer un organismo regulador ni fijar tarifas justas, y el resultado fue monopolios privados deficientes en lugar de monopolios públicos deficientes.
Lo que Irak necesita realmente
La solución iraquí comienza con un diagnóstico técnico antes de cualquier decisión política. Los pasos lógicos se suceden del siguiente modo:
- Reestructurar la empresa eléctrica nacional separando las funciones de generación, transmisión y distribución, lo que permite rendir cuentas de cada función por separado.
- Establecer un organismo regulador independiente de energía que fije tarifas y supervise la calidad del servicio al margen de la política.
- Reformar el sistema de facturación y medición mediante la instalación de contadores inteligentes a nivel nacional, para eliminar el fenómeno de las pérdidas no técnicas.
- Abrir únicamente el sector de generación a la inversión privada mediante contratos transparentes a largo plazo, manteniendo la red de transmisión en manos del Estado.
- Vincular cualquier ajuste de tarifas con paquetes de protección social para las familias más vulnerables.
La crisis eléctrica iraquí no es una crisis de propiedad, sino una crisis de ingeniería sectorial, regulación y gobernanza. La privatización sin reforma estructural trasladará el problema del sector público al sector privado sin resolverlo.
Conclusión
La electricidad es un asunto técnico tanto como político. El debate que se reduce a la dicotomía «Estado o mercado» no producirá soluciones viables. Irak necesita un enfoque técnico-regulatorio que trascienda esta dicotomía y reconstruya el sector sobre la base de un rendimiento medible, no de decisiones ideológicas.
