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Irak y la Geopolítica — الجزء · المقالة من
Irak y la Geopolítica — Identidad, Gobernanza y Sociedad · · 5 min de lectura

¿Por qué odia el iraquí al Estado pero le exige todo?

Esta contradicción no es hipocresía ni ignorancia —es un efecto psicológico y social de una relación rota entre el ciudadano y el Estado, y tiene profundas raíces históricas.

El odio y la necesidad: una contradicción aparente y no real

Cuando el iraquí dice «el Estado ha fracasado y no vale nada», y luego en la siguiente frase exige que le proporcione un empleo, electricidad, medicamentos, protección y educación —esto no significa que sea irracional. Significa que vive una compleja relación emocional y práctica con una institución que lo ha decepcionado repetidamente pero de la que no tiene alternativa. El Estado en la experiencia iraquí no es un aparato que presta servicios a cambio de impuestos según un claro contrato social liberal —históricamente fue un instrumento de represión y distribución de favoritismos—. Pero al mismo tiempo es la mayor fuente de empleos, servicios y resolución de disputas.

Esta ecuación produce un ciudadano que vive en un estado de doble conciencia: desprecia al Estado como institución porque no lo ha respetado como ciudadano, pero lo mantiene como última referencia porque las estructuras de confianza social fuera del Estado —los sindicatos independientes, las comunidades empresariales, la sociedad civil activa— también son débiles o politizadas.

Raíz histórica: el Estado como instrumento y no como pacto

El Estado en el Irak moderno no evolucionó mediante la acumulación de un contrato social como ocurrió en Europa Occidental, donde las sociedades pasaron por largas experiencias de negociación entre el ciudadano y el poder que produjo finalmente un concepto del Estado como servidor del interés público. En Irak, el Estado llegó primero como instrumento colonial, luego como instrumento para consolidar el poder de las élites, luego como instrumento de la ideología nacionalista, y luego como instrumento de la represión abierta bajo el Baaz. El ciudadano iraquí no vivió una experiencia histórica que lo convenciera realmente de que el Estado existía para él.

El iraquí no odia al Estado abstracto —odia la experiencia histórica con todos los Estados que lo gobernaron. Y cuando le exige todo, en realidad expresa un derecho que se le ha negado más que una demanda.

La renta petrolera y la distorsión del contrato social

Después del auge petrolero de los años setenta, el contrato social iraquí —y en muchos países del Golfo también— se transformó en una fórmula extraña: el Estado da y no pide. Los impuestos son prácticamente inexistentes, los empleos gubernamentales están abiertos y los subsidios al combustible, la electricidad y los alimentos son amplios. A cambio, no se pide al ciudadano que participe democráticamente ni que supervise ni que exija rendición de cuentas. Esta ecuación produjo un ciudadano que ve en el Estado una fuente de dones merecidos y no un socio en un proyecto colectivo.

Cuando estos dones se erosionan —como ocurrió en períodos de caída del petróleo o después de las guerras— el ciudadano siente una profunda traición. No porque esperaba demasiado, sino porque el contrato implícito bajo el que vivió decía: «Vosotros gobernáis y yo me callo, a cambio de que me aseguréis una vida digna.» Cuando el Estado incumple su parte, el ciudadano queda habiendo incumplido la suya también pero sin haber recibido la contraprestación.

¿Cuál es la salida de este círculo?

La salida comienza por reconstruir el contrato social sobre la base de la ciudadanía real y no de la renta. Impuestos reales que generen un sentido de pertenencia y responsabilidad. Instituciones democráticas reales que otorguen al ciudadano herramientas de rendición de cuentas. Una educación que construya una identidad ciudadana y no sectaria ni tribal. Este es un camino largo y difícil, pero es el único que convierte la relación entre el iraquí y su Estado de una relación de amor/odio enfermiza a una asociación madura.

Síntesis analítica

El iraquí odia al Estado y se lo exige todo al mismo tiempo porque su experiencia histórica con el Estado le enseñó que es un instrumento de represión y de sustento a la vez —y nunca fue un socio real—. Lo que parece una contradicción es en realidad una respuesta racional a un contrato social roto. Reparar este contrato —y no solo el presupuesto— es el verdadero desafío ante cualquier gobierno iraquí serio.

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