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Pensamiento Político · · 8 min de lectura

El patriotismo es una necesidad, no un lujo

Cuando la idea de patria se erosiona, no solo se erosionan los sentimientos, sino también la capacidad colectiva de construir un Estado capaz de proteger a sus ciudadanos. El patriotismo no es una elección emocional, sino una condición funcional para la continuidad del Estado.

En muchos debates iraquíes contemporáneos, la pertenencia nacional se presenta como un lujo emocional o un discurso ceremonial invocado en ocasiones especiales. Esta caracterización no es inocente; refleja un profundo retroceso en la comprensión de la función del patriotismo en la vida de los Estados modernos, y allana el camino para sustituirlo por lealtades parciales —sectarias, étnicas, regionales— que debilitan la capacidad del Estado para mantener la cohesión y tomar decisiones.

El patriotismo, en su sentido operativo, no consiste en sentimientos hacia una bandera o un himno, sino en un contrato implícito entre los habitantes de una geografía compartida: que el interés del ente político está por encima de sus intereses parciales en los momentos decisivos. Este contrato es lo que lleva al ciudadano a pagar impuestos, incorporarse al servicio militar, respetar la ley y aceptar un resultado electoral que no le satisface. Sin este contrato, el Estado colapsa desde adentro antes de que cualquier adversario externo pueda amenazarlo.

¿Por qué el patriotismo es una necesidad funcional?

Los Estados modernos exitosos, independientemente de sus sistemas políticos, comparten una característica: poseen una identidad nacional capaz de absorber la diversidad interna sin fragmentarse en lealtades rivales. El modelo alemán, el japonés, el surcoreano, el francés: todos construyeron su capacidad competitiva sobre una identidad nacional sólida que precedió a cualquier proyecto de desarrollo.

Cuando el patriotismo como marco integrador está ausente, cada asunto nacional queda rehén de la negociación parcial. El presupuesto se convierte en botín entre bloques, la política exterior en campo de representantes, y las decisiones soberanas en objeto de negociación interna en lugar de ser el punto de partida. Esto es exactamente lo que experimentó el Estado iraquí durante las dos últimas décadas.

El patriotismo no es cerrazón

Es importante distinguir entre patriotismo y chauvinismo. El patriotismo maduro no implica hostilidad hacia el otro, ni rechazo a la cooperación regional e internacional, ni negación de la diversidad interna. Es, simplemente, la conciencia de que existe un interés nacional independiente que debe ser la brújula para trazar las relaciones exteriores y las políticas internas.

El Estado nacional maduro está abierto al mundo, pero negocia desde la posición de un ente con intereses propios, no desde la posición de una arena en la que compiten los intereses de otros. Esta diferencia —entre el ente y la arena— es el núcleo de la cuestión nacional en Irak hoy.

El patriotismo no es una emoción, sino una infraestructura política del Estado moderno. Sin él, no sirven de nada las reformas económicas ni los arreglos de seguridad.

Reconstruir la conciencia nacional

Reconstruir el patriotismo en Irak no es solo un proyecto cultural, sino un proyecto de reforma estructural. Comienza con el sistema educativo que arraiga la pertenencia al Estado en lugar de las lealtades parciales, pasa por el sistema legal que iguala a los ciudadanos, y termina con instituciones públicas que sirven a todos sin discriminación. No se puede pedir a un ciudadano que sea patriota con respecto a un Estado que siente que no lo ve.

La pregunta que debe plantearse no es: ¿es el iraquí patriota? Sino: ¿permite el Estado iraquí al iraquí ser patriota? La respuesta a esta pregunta es nuestro verdadero punto de entrada para reconstruir el contrato nacional.

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