¿Por qué fracasan los Estados rentistas?
Los Estados rentistas comparten un patrón de fracaso en el desarrollo que parece difícil de explicar. ¿Por qué se estancan países que poseen enormes riquezas? Este artículo descompone la ecuación rentista y sus alternativas.
Existe una paradoja conocida en la economía política denominada «maldición de los recursos»: los países que poseen grandes riquezas naturales tienden, en promedio, a un crecimiento más lento, instituciones más débiles y economías menos diversificadas que los países pobres en recursos. Esta paradoja no es una casualidad estadística, sino el resultado de una mecánica institucional bien definida.
Irak es un ejemplo clásico de esta ecuación. Un país con la segunda mayor reserva de petróleo de la región y unos ingresos públicos que se miden en cientos de miles de millones desde 2003, pero cuyos indicadores de educación, salud, infraestructura y productividad no guardan en absoluto proporción con el volumen de esos ingresos. ¿Por qué?
La mecánica rentista: ¿cómo funciona la trampa?
El Estado rentista funciona según una mecánica fundamentalmente diferente a la del Estado productivo. En el Estado productivo, el gobierno depende de los impuestos de los ciudadanos y las empresas, lo que crea una relación de rendición de cuentas natural: el ciudadano paga y, por tanto, exige. En el Estado rentista, el gobierno depende de ingresos externos (petróleo, gas, minería), de modo que la dirección se invierte: es el Estado quien gasta en el ciudadano, y no al revés. Esta inversión reestructura toda la relación.
En este modelo, la lealtad política queda vinculada al volumen de la generosidad gubernamental y no a la calidad de las políticas. El cargo público se convierte en una vía para obtener una porción de la renta y no en una plataforma para servir a la gente. Y el sector privado pasa a ser un apéndice del Estado, al depender de sus contratos y no de su propia productividad.
Los cuatro síntomas del Estado rentista
- Fragilidad financiera doble: volatilidad de los ingresos públicos con la volatilidad del precio de la materia prima en los mercados globales, con incapacidad estructural para crear fuentes alternativas.
- Hipertrofia del sector público frente a la atrofia del sector privado productivo: el gobierno es el mayor empleador y el sector privado es un apéndice suyo.
- Debilidad del sistema tributario y de recaudación, lo que a su vez debilita los mecanismos de rendición de cuentas políticas.
- Concentración de la riqueza en una estrecha clase vinculada a las fuentes de la renta, junto con la expansión de una clase dependiente de las transferencias directas del gobierno.
Modelos posibles de salida
Los Estados rentistas no están condenados al fracaso. Existen modelos que han salido de la trampa en mayor o menor medida. El modelo noruego construyó un enorme fondo soberano que separa los ingresos del petróleo del gasto corriente. El modelo emiratí apostó por la infraestructura y los servicios de excelencia para diversificar la economía. El modelo malayo construyó industrias exportadoras no petroleras. Cada modelo tiene sus condiciones, pero el denominador común entre ellos es separar los ingresos rentistas de la política de gasto y construir un sector privado productivo real.
Irak necesita un modelo compuesto que se beneficie de estas experiencias sin copiarlas literalmente. Los pasos lógicos incluyen: fundar un fondo soberano iraquí que separe el gasto corriente de los ingresos petroleros, invertir una parte fija de los ingresos en la industria, la agricultura y la tecnología, reformar el sector bancario para que sea un catalizador de la inversión privada, y desarrollar un sistema tributario moderno que reconstruya la relación entre el Estado y el ciudadano.
Los Estados rentistas no fracasan por ser pobres, sino por ser ricos de una manera equivocada. Salir de la trampa comienza por redefinir la relación entre los recursos y las instituciones.
Conclusión
La maldición de los recursos no es un destino. Es el resultado de elecciones institucionales que pueden revisarse. Pero la reforma no empieza solo en el sector petrolero, sino en la reconstrucción del Estado en su conjunto sobre una base que convierta el petróleo en instrumento de desarrollo y no en instrumento de renta. Esto requiere un proyecto nacional a largo plazo, no soluciones coyunturales.
